Romina Amodei
Otros trabajos...

Romina Amodei, nació en Enero
de 1978 en Buenos Aires.

Comenzó a escribir los once años. Desde entonces realizó Talleres
y Seminarios Literarios.

Publicó en distintas páginas de Internet, y diarios culturales. Realizó estudios de Periodismo y colaboró en producciones de radio y como entrevistadora.

A fines del 2002 creó su propia página web: La Puerta Azul: www.lapuertaazul.com.ar

Actualmente estudia Historia del Arte en la UMSA.

POEMAS
Una tarde de otoño

Abuela

Te recuerdo cada día.
Te extraño, y no lo digo.

Resplandece tu sonrisa
en la imagen guardada.
Abrazo tu pequeña estatura
Con borbotones de lágrimas
Y me siento querida.

Nos une la emoción,
El amor infinito
entre abuela y nieta
Y una conexión profunda
entre las almas.

No entendí tu partida
Y hay cosas que jamás te dije,
Sin embargo sé que estás en mí

Tu voz, aunque calles,
Tus ojos atentos
Tus manos suaves.

Tu alegría de niña
Tu incansable paciencia
Tu afecto oceánico

©Romina Almodei


Decepción

Perdido late mi corazón desde que tu indiferencia incendió, “aquel”, ayer tan maravilloso como falso. Mi ilusión se quebró y pregunté a gritos, quién sos. Engañada, absorta por la confusión, llena de interrogantes, buscaba el rumbo de las respuestas en un escenario tormentoso, pero sin ellas me quedé.
Te llamo y no contestas. Recuerdo, llena de lágrimas, la primavera que nos conocimos; la nostalgia navega por mi alma, y lo vuelvo a intentar...
Caminaba bajo la lluvia y de repente apareciste, con aires de grandeza. Cuando menos lo esperaba. Un “invitado” bajo mi paraguas, me hacía sentir muy feliz.
Tu mirada me cautivó, me convenció de que tus intenciones podrían ir de la mano con las mías. Sólo seríamos dos, me equivoqué.
Hablaste desde tu misterio, (hoy lo llamaría tu miseria...) para que no conociera la oscuridad que empapa tu ser y te enreda en los vicios. Hacia arriba creí que iba, pero era sólo a una cima dibujada en mi fantasía.
Ya no recuerdo tus promesas de amor, se desvanecieron en el estallido de tu “adiós”.

©Romina Almodei


El recuerdo

En la sala hay un viejo reloj de madera. Alguien toca el reloj: el péndulo se detiene. La taza sigue llena sobre la mesa del jardín y el té está frío.
Julieta observa una y otra vez las fotos de su infancia, las vacaciones en París junto a sus padres, la casona de su abuela. Las fotos brillan bajo el sol de la fresca primavera. No tiene noción del tiempo, se devora los álbumes, los mira como si fueran joyas. Tal vez lo son.
En el fondo de una caja verde hay una foto amarillenta con los bordes entrecortados, despacio la desliza entre sus dedos y las lágrimas titilan en sus pupilas. Se inclina hacia atrás y observa la sala como buscando huellas. Se detiene en un cuadro de robustos marcos dorados. Hay una mujer retratada con un vestido rojo furioso, los labios color rubí, el pelo dorado recogido y unos ojos negros penetrantes. El cuadro irradia vitalidad, fuerza y personalidad.
Julieta vuelve a las fotos con la cara húmeda, se la seca con las mangas de la remera. Intenta agarrar otra de las cajas y del manotazo vuela la taza de té. Intenta desviar el líquido pegajoso –por el azúcar- pero no puede. Se derrama y cae como una catarata sobre la caja de fotos.
Juana, el ama de llaves, corre hacia el jardín y con el delantal trata de secar la mesa,
es inútil. Julieta grita desconsolada. La caja verde es una pequeña pileta marrón oscura en la que navegan muchos recuerdos. Logran salvar algunas fotografías, pero tienen un manchón amarillo.
Sentada en el piso brotan lágrimas, Juana se sienta a su lado también llora, se abrazan.
Julieta ha perdido la foto preferida de su madre, es la del día del compromiso con su papá.
Para consolarla, Juana le dice que en el fondo quedan cinco cajas más. Pero Julieta sólo quiere la de “ese” día. Ambos están junto al reloj que tanto gusta a las dos familias. Es austríaco, una reliquia del siglo IXX, el único recuerdo tangible y vivo de sus padres que hay en la casa.
Lo miran juntas, como si a través de él vieran algo más.
Juana vuelve a la cocina y Julieta va en busca de su diario y comienza a escribir: “En la sala hay un viejo reloj de madera. Alguien toca el reloj: el péndulo se detiene.”

©Romina Almodei


El Show

¿Sabés tan bien como yo lo que es perder en historias de amor?. ¿Sabés de los enredos del dolor, de las quemaduras del adiós?.
Cuando todo parece quebrarse sin poder detenerlo. Paralizados miramos el derrumbe de aquello que, como arquitectos, armamos de forma singular y única. A mí me acosan dudas y pesadillas al respecto, mi vida.
Estamos en un circo, donde las acrobacias para sobrevivir causan gracia y los abrazos se sienten como mordiscos... Los que aplauden viven insatisfechos. Pero no lo dicen, no queda bien.
“Se acabó”, es la frase que desata el movimiento sísmico.
El fabuloso número de los shows ante amigos, familiares y conocidos, se ha retirado. Se oyen murmullos. El público se horroriza.
Se incendia el paraíso y qué queda: lo verdadero, lo que jamás nos dijimos, eso que ocultamos... Es más genuino que el show de risas histéricas, los besos de murciélagos y los diálogos que suenan a lata, porque los hipócritas buscan su conveniencia. Asisten a misa cada domingo, rezan como condenados, se confiesan con libreto y piden con fervor, ¿qué suplican?: ser millonarios. Para algo cumplen religiosamente, no?.
Los disfraces y las máscaras hacen el papel principal. Todos hablan con guiones en sus manos, si no no saben qué decirse ni para qué se hablan.
Ruido de banda desafinada, de bocinas descontroladas. Pelucas coloridas llenas de piojos, diez dedos no les alcanzan para rascarse la cabeza. Me parece que esas son tus hermanas.
Pero los filósofos caseros de tu familia van perdiendo su resplandor, sus voces se pierden en la confusión de párrafos de la Biblia o textos de Freud.
Los terremotos comienzan, la gente se irrita en el circo, pero ojo, ellos se consideran de la realeza. Ninguno piensa en las heridas ajenas.
Tú eres de esta dinastía, querido. Ojos azules, no verás una lágrima, no quisiera que se convierta en hielo o en rana.
Lo único que sabés, como yo, es que en este circuito de plumas y bananas el mono es rey. Y ese es tu padre. Tu madre una cotorra roja, por las dudas no esté claro quien dirige la batuta.

Nos divorciamos, pero no en Tribunales. El juez fue el primero en correr hacia las escaleras de incendio del Zoológico familiar. Si no, para qué están los parientes?

©Romina Almodei


La Casa de Muñecas

Pasaba la media noche y todos corrimos por aquel pasillo de la casa de mis abuelos (la distancia parecía eterna) para abrir los regalos de Navidad. La ansiedad infantil se encendía a medida que íbamos llegando a la “misteriosa” puerta de madera, que estaba cerrada. Los adultos, mareados con tanto alboroto, intentaron controlar el “gallinero”. Fue imposible. Éramos tres huracanes empujándose para entrar al cuarto de la ilusión. Lo recuerdo como si hubiese abierto “esa” puerta ayer.
Y desapareció el mundo cuando la vi. Era la Casa de Muñecas que siempre le había pedido a mi papá y que jamás me trajo. Al fin, después de tantas cartas a Papá Noel, mi sueño se pudo tocar. No sé cuántas cosas le conté a Papá Noel para que tuviera muy en cuenta mi pedido. Estaba impresionada con esa sorpresa, y con su tamaño, sus colores y dibujos.
Yo sólo tenía cinco años y caminaba alrededor de ella encandilada. No recuerdo qué pasó con los demás en ese momento. Éramos la casa y yo.
Estaba armada cerca de un ventanal abierto al cual le bailaban las cortinas, entonces me convencí de que Papá Noel, en el apuro, se había olvidado de cerrarlo. Esta idea me ponía loca de alegría. Pero también me entristecía; por pocos minutos no había conocido a Papá Noel en persona...
La Casa de Muñecas tenía el techo azul con una chimenea muy graciosa y todo era como en una casa de verdad, con cocina, baño, cuartos. Afuera había plantas y gatos y perros. Yo estaba embobada con las ventanitas que se abrían y cerraban.
Para mostrársela a los demás no tenía problemas, pero no dejaba que nadie la tocara, porque era algo así como un tesoro. Y sólo mía.
Tíos, tías y primos, todos desfilaron para conocer la Casa de Muñecas. Yo iba y venía como un torbellino de felicidad y por supuesto todos festejaron a mi alrededor, lamentando que no hubiera podido conocer a Papá Noel.
Lo que más me gustaba era que no sólo entraban las muñecas, yo también, si me las ingeniaba. A la madrugada ya la había convertido en mi guarida y cuando jugábamos a las escondidas me escondía ahí.
Al año siguiente empecé primer grado, y obtuve muy buenas calificaciones. Visitaba mi Casa de Muñecas todos los domingos, pues ésta había quedado en la casa de mis abuelos por una cuestión de espacio.
Llegó diciembre, faltaban dos semanas para Navidad, y comencé a escribirle otra vez a Papá Noel. Le conté lo buena alumna que había durante el año. Lo bien que me había portado en casa y la buena hermana que era. Recuerdo la dedicación que le puse a esa carta escrita en colores y el listado de cosas que pedí. Después cerré el sobre y se la di a mamá para que la llevara al correo urgente. Quería que llegara lo más rápido posible.
Era una tarde de diciembre muy calurosa (vivíamos entonces en San Telmo) y estábamos los tres hermanos jugando en el living del departamento que daba al parque Lezama. Sonó el teléfono y atendió mamá. De repente escuché que murmuraba por lo bajo.
Dejé de jugar, me acerqué despacio para que no me viera y la escuché leer mi lista interminable. Luego dijo: “comprale lo que puedas”. Y se escuchó la voz de mi papá preguntar: “los varones qué pidieron”.
La tarde de sol brillante se volvió gris en un instante y mi cara desbordó de lágrimas silenciosas. Acaba de oír la peor noticia de mi vida. Después, como una muñeca rabiosa, empecé a los gritos:
“ Sos muy mala mamá, se lo contás a papá porque ustedes no quieren que Papá Noel me traiga todos los regalos que le pedí. Seguro que pensás que no tenemos lugar en el departamento ni que necesito más cosas. Pero sabes qué, él me los va a traer igual y los va a dejar en la casa de los abuelos, porque me quiere. Ellos le van a dejar el ventanal abierto como el año pasado”.
Mamá, atónita, dejó el teléfono e intentó consolarme. Me abrazó y me dijo que cuando fuera grande iba a entender.
“ Salí, no quiero que me abraces ni me digas más nada – le grité - ya te escuché pero no me importa, porque todo es mentira, yo lo sé. ¡No tenías por qué leer mi carta, no era para ustedes!”
Me fui corriendo a mi cuarto, cerré la puerta de un golpe y me tiré en la cama. Tenía los ojos hinchados y la garganta áspera de tanto gritar.
Esa noche no se habló del tema ni los días que siguieron; yo esperaba ansiosa la Nochebuena en lo de mis abuelos.
Estaba segura de que Papá Noel, en el apuro, se olvidaría de cerrarlo otra vez.

©Romina Almodei


Madrugada tormentosa

Te pedí una oportunidad y la puerta golpeó mi cara.
Quise hablarte, lanzaste alaridos de furia en mi oído.
Caí al piso sin anestesia.
La madrugada estaba helada y no podía dejar de titiritar.
Me dolía el cuerpo, me sangraba el corazón, la herida estaba abierta y yo dentro de ella.
Sin noción de las horas volví a llamar, no me resignaba a perderte.
Sonó un largo tiempo... Hasta que del otro lado se escuchó
un grito y un coro de voces difusas.
Estaba confundida y carcomida por la impotencia. Tus celos incendiaron mi alma y tu confianza.
Insistí una vez más y atendió una mujer. Corté. Estaba paralizada.
¿ Yo le pedí una oportunidad más, siendo inocente... ?
Las sospechas cavaban un agujero en mi estómago.
Las dudas azotaban mi cabeza. Tejí y destejí hipótesis por horas.
Tus pertenencias se reían de mí, su visión exprimía mis pupilas.
Inquieta, no dejaba de moverme y tirar cosas. Sin amor y abandonada.
Ahora, de repente, escucho que me hablas. Haces preguntas que no logro comprender... hasta que me abrazas y veo claro. Tengo taquicardia, me falta el aire y estallo en un llanto despavorido.
Me abrazas con todas tus fuerzas, para contener este dique sin cauce. Yo hiervo de fiebre, delirando en pesadillas.

©Romina Almodei


Melanie

A gritos pido que te salves, la circunstancia me devora mirando como te dejas vencer. Ante la desesperación lloro como una nena. Siento el desamparo del silencio que te rodea, tu mirada se pierde.
Bajo horas indecibles, espero tu evolución.
No cabe duda que ya no querés que te ayudemos. Con dolor, resignada, espero un milagro.
Acaricio tu pelaje suave y tu cuerpo encuentra paz regocijándose en cada mimo.
Contra tu voluntad hoy vivís desconcertada y molesta, visitando veterinarios. Asustada.
De saber que esto te ocurriría... Me enfurece esta impotencia.
Desde lo más profundo del alma te protejo cada día.
Aunque jamás lo sepas.
La realidad me hace sentir el filo del cuchillo como una amenaza constante. En pesadillas me desvelo y oigo maullidos quejosos.
Entre lo lógico y emocional debato lo incomprensible. Lo que no puedo aceptar.
Tomo el presente como un trago amargo y miro hacia adelante, busco un horizonte sano, hasta creo que puede ser posible. Pero sólo si vos ayudás también.
Los veterinarios revisan cuatro patas, un par de ojos, dos orejas y una cola, ignorantes!!!... No entienden el sentimiento familiar, ni el espíritu felino. Quizás la naturaleza les privó la capacidad de amar. Allá ellos, hijos de puta.
Para sobrellevar este momento y no perder la fe, por la misma razón - según lo que yo aprendí - el afecto es el mejor remedio, sin pensarlo dos veces. Sobre todo la caricia que tanta satisfacción te provoca.
Tras varios días transcurridos así el mañana es un misterio.
Sólo espero que tu mirada recupere el brillo del cielo celeste.

©Romina Almodei


Nosotros, los de entonces

Se levantó un silencio oscuro entre nosotros, los puentes que nos unieron se esfumaron. Ahora las miradas están borrosas, y las palabras nos cuestan. Las noches son eternas, nuestros sueños empañados lloran sin consuelo.
La confianza es un rompecabezas del cual hemos perdido piezas. Se desdibujó la ilusión del amor.
Un corazón se hizo trizas. El otro se marchó, y seguimos ahí, ausentes.
Ninguno se pregunta si todavía existe una luz por encender.
Los motivos están conjugados por los tiempos, y estallamos de incomprensión.
Las decisiones quedaron estampadas en la pared como un collage. Las madrugadas son dueñas de la soledad y las horas solitarias marcan el camino de la despedida. Este mundo sin dos no camina, pero de otro modo no será...
Uno de nosotros siente que cae en un abismo y no me preguntes quién...
En el fondo de la casa están los faroles que iluminaban nuestras risas, entonces la música se encendía y la fiebre del baile no conocía final.
É ramos tan jóvenes, audaces y fieles...
No procurábamos ser eternos.
Seducíamos todas las lunas, conquistábamos cada sol. Pero cuando quisimos encausar los ríos hacia un mismo mar, nos dimos cuenta que estábamos en diferentes puertos.
Escucho nuestros latidos en el eco de las montañas, ojalá alguno de los dos los guarde. Son el recuerdo de un pasado que parecía más fuerte que una ópera, pero que la realidad despertó de aquel teatro infantil.
No sé qué será de nosotros separados, tal vez una fotografía amarillenta destinada al olvido...

©Romina Almodei


Soy plumero y no puedo

Duermo en el escobero con la escoba, el escobillón y el secador, mis amigos de toda la vida. Cada mañana a las ocho suena el timbre, es Catalina, la señora que hace la limpieza. Antes me sentía fastidiado, sabía que a las ocho y veinte me vendría a buscar. Todos creían que yo era el objeto más querido de Catalina, el más atractivo del hogar y que por eso ella pasaba horas conmigo. Pero yo soy un objeto de limpieza ridículo para las tareas que me tocaban. No hacía nada bien, me sentía enfermo cada vez que llegaba esa mujer.
Sin embargo algo debía tener todavía, porque cada vez que los de la casa veían una porquería me recordaban y gritaban: “¡Agarrá el plumero!”.
Y ahí iba yo todo desplumado, sintiéndome desahuciado. Catalina me creía útil para todo, pero no sabía que sufro de arañofobia y que, cuando se trata de una tela araña, se me sueltan las plumas del espanto y mi palo flaco se dobla como una varita mágica. Era un gran esfuerzo para Cata trabajar conmigo. Ella es bajita, robusta y de edad mediana, pero se cansaba con rapidez y protestaba seguido. Se sentía decepcionada, supongo que era un sentimiento natural, yo soy un plumero particular.

Mis amigos se reían a carcajadas cuando ella se proponía algo conmigo. Porque para las alturas me necesitaba, pero yo sufría de vértigo; Cata lo volvía a intentar y mis plumas erizadas le daban en la cara. Después de varios intentos, me observaba detenidamente, con esos ojos huevo que tiene y con la expresión de una piedra. Había pasado tres horas conmigo y no había limpiado nada. La dueña de casa estaba por llegar y Catalina por sufrir un ataque. Iba conmigo de acá para allá, yo estaba cansado de pasear, quería volver a dormir. La escoba estaba descompuesta de la risa, el escobillón me llamaba “maricón” y el secador tenía complejo de abandono.
Catalina me observaba de lejos y de cerca, me sacudía, la pobre no lograba encontrar defecto alguno. Pobre de mi, qué culpa tenía yo, ahora iba a ser peor, estaba mareado y me dolía la cabeza. Mis amigos me gritaban: “plumero hipocondríaco”.
Hasta que, harta de no comprender, me dejaba descansar y se iba balbuceando quien sabe que...
Situaciones como esta me sucedían cada mañana, aguanté toda una vida hasta que dije basta.Una noche me rebelé a otro día de castigo. Me cansé de ser el bufón de la casa y de usar esa “peluca” frondosa para limpiar basura.
Cata llegó empapada por la lluvia y, como de costumbre, ocho y veinte pasó a buscarme. Estaba de mal humor, se la escuchaba mientras revolvía buscándome. Pero no me encontró, yo estaba ante sus ojos, pero quién se iba a imaginar que un plumero rapado seguía siendo plumero. Catalina sólo veía un palo de madera flaco y amarillo que no le servía. Y yo al fin estaba de vacaciones, sin fobias y sin vértigos, esto sí era vida. El protagonismo no era lo mío, todo el escobero aplaudió.
Catalina salió desesperada a comprar un plumero de “verdad”, eso fue lo que pidió en la tienda. Y esto lo sé porque no sólo hay otro plumero sino que encontré pareja.

©Romina Almodei


Una tarde de otoño

Eran las cuatro de una tarde de otoño. Gris, lluviosa, y bastante fresca. Entré al salón donde se servía el té, en él se encontraban ocho mujeres, entre abuelas y tías abuelas. El murmullo se acalló de golpe. “Hola Patricia”, dijo una de mis abuelas. Y atrás de ella en coro todas las demás. Intentaron disimular sus caras tensas, pero no todas lo consiguieron. Aurora la más charlatana me preguntó por las materias del secundario, mis amigas, los boliches y los pretendientes. Yo hablaba y todas me miraban calladas. Pregunté si pasaba algo y en coro lo negaron, no les creí. Tampoco quise insistir demasiado, parecían inquietas.
Teresa era la más nerviosa y cuando agarraba la taza de té se salpicaba, enseguida Sara, que estaba al lado, la ayudaba. Era todo tan extraño... Siempre fueron las ocho hermanas más alegres que yo había conocido. Me siguieron haciendo preguntas y por un comentario que hice sobre mi novio, Teresa histérica dijo: “Ven todos los hombres son iguales. Las épocas no cambian nena”.
La miré atónita, Teresa tiene un matrimonio increíble junto a mi tío Ricardo. No la podía entender. El silencio invadió el salón, todas quedaron perdidas en sus mentes, concentradas sólo en sus tés, tortas y masitas...
Sara y Josefina se levantaron para traer agua caliente y otras facturas y tortas. Los tés en esa casa eran de película, y la casa - de cuando ellas eran chicas - era casi un baluarte y nunca la quisieron vender. Estaba en una zona exclusiva de San Isidro y ahí siempre se reunían las ocho a tomar el té. Muchas veces yo me quedaba a pasar una semana o más.
La mesa, de roble, era muy larga, imponente y rodeada por ocho rostros - algunos más agradables que otros - cargados de historias. Cada una de ellas era un mundo.
Me fui a mi cuarto porque tenía que estudiar. Un parcial de geografía me esperaba al día siguiente. Al cerrar la puerta del salón el murmullo volvió con fuerza. Quise escuchar de qué se trataba, pero en ese momento Sara salía a buscar más agua caliente.
- Patricia, necesitas algo, querida.
- No, gracias. Me voy a estudiar al cuarto. ¿Sara qué pasa?
- Nada, ¿por qué?
- Presiento algo extraño, entré y se callaron de golpe. Ninguna dijo una palabra mientras estuve ahí, sólo habló Aurora. Ustedes no son así. Me voy del salón y empieza el murmullo de nuevo.
- Pato, te debe parecer a vos. Mi amor, no te preocupes por nosotras, hace tu vida. Subí tranquila a estudiar.
- Está bien, cualquier cosa avisame.
- Está todo bien.

Al día siguiente, a la misma hora, el murmullo no cesaba. Esta vez era más escandaloso. Entré al salón. Teresa lloraba desconsola, estaba despavorida. Aurora se acercó y me dijo: “falleció el marido hace dos horas”.
Mi tío Ricardo estaba internado hacía tres semanas, bastante mal. Pero lo más extraño era que Teresa fue sólo los primeros tres días y no quiso volver.
Decía que no lo podía ver así, y que los hospitales la ponían muy tensa.
Susana, mi abuela, se arrimó y me abrazó.
- Abuela ¿por qué Teresa no volvió al hospital a verlo?
- Nena, sos muy jovencita, no creas que puedas entender lo que pasó.
-No importa. Decímelo igual, esta atmósfera es sofocante.
-Cuando estemos solas y más tranquilas, prometo contártelo, tesoro.

El clima no mejoraba y el pronóstico era poco favorable , como el de esta tarde opaca.
Me era imposible suponer o adivinar qué había sucedido y nada ayudaba para que me sintiera mejor. El pobre viejo muerto y todas preocupadas en algo que sólo ellas sabían... De alguna manera a “pedido” de Teresa todas lo habíamos “abandonado”.
Ricardo y Teresa estaban casados hacía cuarenta y cinco años, no tuvieron hijos. Y se culpaban mutuamente por eso.
Mi tía, más rabiosa que de costumbre, no quería ver a ningún amigo de su marido. Estaba más que dolida, como desgarrada por algo...

Llegó la noche y con ella el velorio del tío más cariñoso. Para sorpresa de todos, menos de sus hermanas, Teresa no apareció. La odié por estar haciéndole eso a su marido. Fue todo un escándalo, que ninguna de sus hermanas pudo explicar con claridad.
Nos quedamos con las visitas, pero nada se había tranquilizado, estaban todas alteradas. Llamaban a Teresa cada media hora para ver cómo estaba.

A las cuatro de la madrugada no pude más y me acerqué a mi abuela.
- Decímelo ahora, por favor.
- Bueno Patricia, vamos al pasillo.
- ¿Qué pasó?
- No sé cómo empezar, es mi hermana...
- Ya lo sé, no des más vueltas.
- Ricardo durante treinta años tuvo una amante y la “aventura” terminó ayer, cuando falleció.
-¿Cómo?, ¿cuándo lo supieron?, ¿están seguras?
- Sí, mi vida. Tu tía se enteró el tercer día que fue a verlo al hospital. La otra estaba dormida junto a su cama, con las manos agarradas a él y la cabeza sobre su brazo. A Teresa le dio un ataque de nervios y tuvimos que ir a buscarla la hospital.
- Pero Ricardo la quería...
- Sí, las amaba a las dos según él. Se casó con Teresa muy enamorado, pero la vida al lado de tu tía no es nada fácil, te lo digo yo que soy su hermana. Pero no lo justifico, de ninguna manera. A mí se me parte el alma.
-¿Cómo sabes que las amaba a las dos?
- Hoy, cuando veníamos para acá, tu abuelo me lo dijo.
-¿El abuelo lo sabía?
- Era su primo...
- O sea que le guardó el secreto.
- Sí.
-¿Esa mujer hoy vino?
- Sí, está arriba. Llora desconsoladamente.
- ¿Alguna habló con ella?
- Sí, Aurora.
-¿Cómo se llama?
- Cristina.
-¿Cómo es?
- Una mujer muy agradable.
- ¿Y ahora qué va a pasar con Teresa?
- No sé, Pato. Habrá que esperar a que lean el testamento, porque a tu tía no le importa otra cosa ahora. Se siente defraudada.
- Por eso está tan loca, no?
- Sí, tiene mucho miedo de haberlo perdido todo. Habrá que esperar. Él las quería a las dos, y además era una excelente persona. Hizo lo que hizo, y ella es mi hermana, pero Ricardo no tenía maldad.
- Es cuestión de esperar...

Pasaron dos semanas y en la lectura del testamento estábamos todos. Fue duro y doloroso. Ricardo, como dijo mi abuela, no tenía maldad, le dejó la mitad del dinero a cada una. Pero había una carta dirigida “A mi verdadero amor, Cristina”. El silencio congelado que siguió a su lectura tuvo el poder de la palabra.

Teresa, muy alterada, era un lago de lágrimas. También Cristina, una mujer frágil, que despertaba ternura, y pude entender a mi tío, aunque con mucho dolor. Salimos y desapareció como un fantasma.
No me olvido más de esa mañana, parecía un cuento, una pesadilla... Cualquier cosa, menos algo real.
Yo tenía quince años y el amor me comenzaba a dar temor.

©Romina Almodei