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Gonzalo Fuenmayor

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El hombre que se murió de risa

Sentía la suave llovizna de miradas que lo manoseaban mientras
se acordaba de la primera vez en que le sangraron las cosquillas.
Se sentía débil, quizás por la cantidad de cicatrices que poblaban
su viejo cuerpo. Sacaba fuerzas de donde no las tenia, para seguir el lánguido acto de hacer reir a los espectadores casuales que lo miraban.

La primera vez que se dio cuenta de su mal, fue cuando era solo un joven y dio su primer beso. Vagamente se acordaba de la sensación de besar; de las cosquillas deliciosas que aletiaban dentro de él cuando daba un beso con los ojos cerrados. Todo eso desfilaba por su mente, mientras sentía como se ahogaba de pavor, al acordarse de como se le empapó la camisa y el pantalón de sangre, producto de la hemorragia que nacían de sus novatas cosquillas. Se recordaba de como daba gracias a que el beso fue de noche, para que nadie percatara las delatadoras manchas de sangre en su camisa. Sus ojos se aguaban al acordarse de los cuchillazos que sentía mientras se despegaba la camisa con sangre coagulada de su lampino cuerpo. Sentía los relámpagos que recorrían su blando cuerpo al frotarse las cosquillas con algodones empapados de alcohol - para evitar infecciones-, y de como los bonches de curitas alegraban su miseria.

Desde ese día, lleno de incertidumbre, decidió dejar de ver a la
causante de sus cosquillas. Decidió mandar a las mazmorras de su corazón aquellos inocentes besos maliciosos. Al parecer, la ausencia de sus labios, temporalmente cicatrizaban sus heridas. Vivía su vida con miedo, y siempre escondiéndose del virus que engendran los besos en su organismo. De vez en cuando, en noches de luna llena, se despertaba riendo a carcajadas, nadando en un charco de sangre. Podía controlar no verla mas, pero no podía hacer que sus sueños traicioneros acataran su fría decisión.

No había un antídoto para su mal, entonces fue cuando recurrió a todo tipo de inútiles soluciones para aminorar su miseria. Distanciarse de lo que amaba, fue el primer paso. Empezó a vivir una mentirosa vida llena de verdades, al ignorar las cosquillas que producía el recuerdo de esa mujer en su cuerpo. Decidió convertirse en andariego, cerrando las cortinas, para que el dolor no lo tocara. De vez en cuando, forraba su cuerpo de estropajos, cubriendo cualquier grieta por donde su sangre pudiese escabullirse. Al ver que esto no resultaba, andaba con la boca llena de piedras y boliches, dejando casi huérfana a esa risa que nacía de unas cosquillas casuales. Tantos guijarros, y boliches, terminaron por desfigurar su esbelto rostro, y destrozarle su dentadura.
Fue entonces, cuando decidió convertirse en payaso.

Lleno de angustia, se pinto la cara de payaso. Se dibujo una sonrisa coqueta en su cara de piedra llena de grietas. Maquillo su mirada triste con pintura roja, dejando el vestigio de una alegría olvidada. Consiguió una peluca morada y un disfraz rojo sucio, y se lo puso, adoptando la alegría misteriosa del payaso. Si sus cosquillas lo iban a matar, al menos quería enfrentar a la muerte con una sonrisa en su cara. Desde que sintió por primera vez la sangre en sus cosquillas, no volvió a reir.
Las veces que lo hacia, le dolía mucho, y su cuerpo amanecía hinchado y lleno de moretones. De vez en cuando dejaba escurrir risitas insípidas, nunca teniendo la valentía de poder reirse con ganas.

Mientras la gente lo manoseaba con miradas, el hacia peripecias, y chistes ridículos. Tocaba el chelo, y bailaba dando vueltas y saltos inesperados, mientras que su sonrisa mentirosa contagiaba a los espectadores. Cada día realizaba dos funciones en la mitad de calle.
Toda la gente que pasaba era aprehendida por la magia de su sonrisa falsa, de la naturalidad que tenia para hacer reir, de las alas que le brindaba a los espectadores para que pudieran volarse de sus aburridas vidas.

Al final de cada función, recolectaba unos cuantos pesos, con los que sobrevivía. Lo que ganaba, lo compartía con un ciego viejo del que se había hecho amigo. El ciego lo maquillaba antes de cada función.
Con destreza de carpintero le ayudaba a dibujar la sonrisa y los ojos de payaso en su cara de piedra. Confiaba en el ciego para esta labor, la cual realizaba gustosamente a cambio de pan y compañía. Eran dos viejos que compartían sus soledades y sus agonías. Mientras uno trabajaba engendrando risas en desconocidos, el otro era maquillador de tiempo completo.

Una funesta noche de luna llena, desvelado por sus heridas, con
moretones por todo el cuerpo, con hemorragias tibias a causa de sus sueños traicioneros, se levanta y ve a su amigo ciego llorando en un rincón.
Trato de contener las cosquillas que sentía relampaguear dentro
de si al ver las lagrimas de su fiel amigo. Trataba de contener la risa imprudente que lo ahogaba, al ver las ironías de la vida: lagrimas inútiles saliendo a cantaros de los ojos olvidados de su amigo ciego.
No encontró pan o piedras para embutirse la boca, para así obstruir el ronco rugir de su risa olvidada. Sin tener tiempo para reaccionar, una risa estrepitosa y deliciosa se escurrió por su cara de payaso mentiroso.
La carcajada sabrosa lo lleno de vida, mientras reventaba todas las frágiles entrañas dentro de su viejo cuerpo. Fue su primera y
ultima carcajada, la cual se fue como pájaro , dejando su sonrisa
hipócrita de payaso viejo, su mirada estática, y al pobre ciego llorón.

LITERATURA/REALTOS
El hombre que se murió de risa Otro día más
Otro día más

Magdaleno miró hacia la ventana con el recelo habitual, domesticado únicamente por el violento transcurrir de sus años. Mientras cerraba la llave de agua caliente, sus ojos de perro regañado se pegaban al vidrio empañado a unos cuantos pasos de distancia. Se secó su cara con la misma violencia serena de siempre, mientras quitaba el rocío acumulado del mismo espejo de siempre. Sus ojos esquivos aterrizaron en la superficie, y rápidamente se escondieron detrás de lo opaco de la pared. Se quedó unos cuantos momentos observando sus pies de doncella, y fue entonces cuando mirando fijamente al piso…dijo con esa seguridad olvidada…que hoy no iba a llover.

Al terminar el protocolo innecesario con que se había amaestrado. Vaciló en agarrar el paraguas arboleado sobre la cama. Pero antes de cometer ese error, dijo otra vez, mirando por su ventana el cielo gris. " Si, Hoy no lloverá…" Descartó la necia idea de su cabeza llena de pájaros y cachivaches, y se fue de ese cuarto impregnado con trementina rancia, y aroma de toalla mojada.

Abrió la puerta, y torpemente la intentó cerrar. Siempre intentaba meter la llave dentro del orificio como jugando tiro al blanco; pero el pobre siempre fracasaba dejando relinchar los espuelazos metálicos de sus llaves. Después de sacudir la puerta varias veces, asegurándose que estuviera bien cerrada, caminó hacia la calle con una curiosidad estúpida que se reflejaba en su mirada blanda. Abrió la puerta pesada de la calle, y se empapó de la muchedumbre de ruidos andariegos que vivían afuera de la soledad de su pocilga. Tuvo unos cuantos momentos para reponerse del oleaje caótico de sonidos y movimientos; respiró profundamente, y tomó el mismo camino de siempre, sin saber a donde ir…

Caminó por algún rato, sin tener idea alguna a donde se dirigía. Los árboles menopáusicos, solo mostraban sus tristes siluetas, mientras los charcos de agua fría yacían mudos y dispuestos. Pasó por la esquina, y el semáforo estaba en rojo. Sus manos encontraron refugio dentro de sus estrechos bolsillos, mientras sus ojos tristes minuciosamente lloviznaban sobre todo a su alrededor. Empezó a ver la distancia entre la esquina en que estaba solitariamente parado, y la que estaba al otro lado de la calle. No había carros, no había gente en la calle. Era solo él. Sin embargo, acatando temerosamente la señal del semáforo, se detuvo juicioso en la esquina para contemplar su soledad caótica.
Cambió la luz a verde, y mirando hacia los dos lados de la calle; aunque no venían carros, siguió su camino sin rumbo alguno. Todo estaba solo, lleno de grises, y un poco de frío. Sintió unas cuantas gotas sobre sus mejillas. Se detuvo, forzadamente sacó la mano de su bolsillo para tentar el ambiente, y sin darle chance a su juicio, murmuro: " Hoy no lloverá…" Su mano regañada se fue a los confines de su bolsillo, asumiendo el castigo tácito por haber dudado.

Caminando entre las calles bulliciosas pero solitarias, empezó a recopilar las razones por las que había salido. La pasta de dientes todavía no estaba vacía, la leche aún no olía a queso…que era??? Magdaleno no se acordaba. Murmuraba palabras a sí mismo, mientras sus ojos trataban de mirar hacia adentro, para ver si el cuarto de san alejo de su mente estaba abierto. Aparentemente el cuarto estaba cerrado, pero sin llave…eso no le servía. Una ráfaga de goticas aterrizó sobre su cara, ignoró el suceso y siguió su camino.

Lucía. Eso era. Quería estar temprano al frente de la carnicería para esperar que pasara Lucía. Y esta vez si le iba a hablar. Tenía memorizado una secuencia de selectos poemas de Neruda y Rubén Darío; y de alguna forma los tejería en su lenguaje torpe, para que Lucía se diera cuenta de cuanto la quería. " Me gustas cuando callas, porque así estas como ausente…y tu silencio me calla…y …este". Se le olvidó lo que venía después…pero confiaba en la fluidez de su verbo al estar al frente de su amada desconocida.

Entre las calles sin nombre, divisó la carnicería. No sabía donde estaba, ni que horas eran…solo se percató del cielo gris y de la soledad en las calles. No supo si era temprano, o tarde, si ya había pasado Lucía con su vestido verde turquesa. No sabía nada. Llegó, y se recostó al lado de uno de los postes al frente de la carnicería, con el fin de esperar a su amada tácita. Sus manos seguían hibernando en el fondo de sus bolsillos, mientras miraba todo a su alrededor, y no veía nada. Empezó a recordar cuando era niño y corría alrededor del palo de guayaba. Se acordaba de cómo se encaramaba en las ramas, y arrancaba guayabas viches sin consideración. Se acordaba de cómo solía imaginarse cosas, y como los años habían fusilado ese talento innato de la infancia.

" Nada que llega Lucía", dijo en voz alta, mientras miraba el cielo gris que empezaba a rugir desde lo lejos. Sus ojos de perro triste se quedaban absortos mirando el cielo, a la vez que trataba de recuperar el poema que se había atascado en su olvido. Sus manos estaban dentro de sus bolsillos. La carnicería estaba abierta, pero no había nadie atendiendo. Solo se respiraba ese vaho caliente de muerte, que emanaba de los cadáveres de cerdos lampiños unos metros frente a él. De vez en cuando sus ojos se escabullían, y trataban de complacerse con la impertinencia de las moscas frente al féretro de los cerdos…tratando en todas estas de acordarse de ese poema sin palabras.

-" Me gustas cuando callas, porque estas como ausente, y me oyes desde lo lejos y mi voz no te toca, parece que tus ojos se te hubieran volado…y…y….y…y…." En voz alta practicaba este verso, intentando que pudiese servir como llave para el olvido impertinente que había nublado su lucidez. Miraba a su alrededor, y no veía a nadie. El rugir del cielo se hacia ensordecedor, y el aire empezaba a oler a grama húmeda. Estuvo parado esperando a que Lucía pasara. No veía por ninguna parte a su Lucía. No la veía por ningún lado.. y fue entonces cuando el primer verso se estrepitó sobre su lánguida voz…" Me gustas cuando callas, porque estas como ausente, y me oyes desde lo lejos y mi voz no te toca, parece que tus ojos se te hubieran volado, y parece que un beso te cerrara la boca. " Al escurrirse una sonrisa de gratitud por su cara, empezó la ventisca; y con esta ventisca muchas gotas de agua fría a empaparle la cara, y a ahogarlo de desesperación…

"Pero, si hoy no iba a llover?" Se pregunto por ultima vez, mientras veía como la lluvia espantaba las moscas, y como el cuarto de san alejo se empezaba a inundar con el eco de Neruda.